lunes, 5 de abril de 2010
GLORIA CASAÑAS ENTRE LAS PRIMERAS
Mi más sincero cariño para ella.
Alexia
miércoles, 24 de marzo de 2010
DIA DE LA MEMORIA

La piedra arde Por Josefina Licitra
23.03.2010
Tengo conmigo un libro, que también es un tesoro. Se llama La piedra arde y es uno de los varios títulos de “literatura infantil” –rótulo discutible– que escribió Eduardo Galeano. Está hermosamente ilustrado por el dibujante español Luis de Horna y tuvo su primera edición en abril de 1980 en una imprenta de Salamanca.
En ese entonces, ciertos libros sólo podían imprimirse en lugares como Salamanca. Y cierta gente sólo podía vivir en ciertos lugares donde podían imprimirse ciertos libros. Galeano entre ellos. Mi padre entre ellos.
Mi padre me mandó La piedra arde desde Madrid, para mi cumpleaños número cuatro. El libro –que hoy sólo se consigue en Taringa– cuenta la historia de un viejo que a lo largo de su vida fue acumulando muchas marcas, visibles e invisibles, y que a pesar de todo se siente orgulloso de ellas y no quiere olvidarlas. Por eso, cuando se le presenta la posibilidad de romper una piedra mágica y candente y volver a ser joven, se niega con un único argumento: “Si parto la piedra, estas marcas se borrarán –dice–. Pero estas marcas son mis documentos de identidad. (…) Yo no quiero olvidar. No parto la piedra porque sería una traición”.
La piedra arde es un complejo relato moral –aunque no moralista– y da cuenta de que es posible hablarle a un niño en un lenguaje preciso, lírico y revelador en el sentido más serio de la palabra: el que refiere a no encubrir, a no aliviar las cosas hasta desaparecerlas. No es el único libro que me envió mi padre en esos años. Abundan los autores rusos (sepan entender) y los cuentos conmovedores, aunque no agradables, sobre los derechos del niño (entre ellos el inolvidable y reeditado Campos verdes, campos grises, de la alemana Úrsula Wölfel).
Ahora, La piedra arde y todos los otros cuentos están en la biblioteca de mi hijo. Él tiene cuatro años y –como la mayoría de los chicos de cuatro años– entiende más cosas de las que los adultos nos empeñamos en creer que entiende. Hace un tiempo le leí La piedra arde y supe que ese cuento era también –o era principalmente– una lección de historia. Supongo que en eso habrá pensado Galeano cuando lo escribió. En que las venas abiertas de América Latina también pueden mostrarse y contarse en un lenguaje para niños. Es cuestión de inteligencia.
Y sobre todo de amor.
La piedra arde es un ejercicio de profundo cuidado por los hijos y los nietos –y los nietos de los nietos– de un continente condenado a las horas terribles. Y fue, cuando fue concebido y editado, un ejemplo de resistencia contra lo que se venía: una generación entera que, más que por los libros de Galeano, crecería acompañada por la revista Billiken. Que no era, se sabe, una publicación ingenua.
En su libro La infancia en dictadura. Modernidad y conservadurismo en el mundo de Billiken, la periodista Paula Guitelman cuenta cómo se formó la generación de los que hoy tienen treinta y pocos años, y cómo los valores y objetivos que se promovían durante la dictadura –diferenciación clara entre el bien y el mal, sometimiento a una única moral religiosa, construcción de universos sin pobres, analfabetos ni migrantes– eran reproducidos a la perfección por el semanario infantil de mayor venta en el país. ¿Por qué le iba bien a Billiken? Porque la Comisión Orientadora de los Medios Educativos (COME) veía en esa publicación la representación de una infancia depurada y tranquilizadora. ¿Por qué La piedra arde se editaba en Salamanca y llegaba en puntas de pie a la Argentina? Porque la COME –vaya sigla– consideraba que “el pesimismo es subversivo” y el libro de Galeano, según el canon COME, era absolutamente infeliz.
Esta censura –ampliamente consignada en Un golpe a los libros. Represión a la cultura durante la última dictadura militar, de Judith Gociol y Hernán Invernizzi– tuvo consecuencias severas. Parte de la generación de treinta y pico aún hoy repite el “algo habrán hecho”. Y las camadas de menor edad, si bien tienen discursos combativos, en buena medida no logran respaldar lo que dicen con información concreta. Un relevo entre jóvenes de 17 a 25 años hecho por Crítica de la Argentina y publicado el 24 de marzo de 2008 bajo el título “La generación de la memoria light” reveló que la mayoría de los pibes sabe qué pasó durante la última dictadura pero, en un 90% de los casos, lo sabe en una versión liviana que desconoce nombres y detalles. En general les costó –o les fue imposible– dar la fecha exacta del golpe; algunos creían que el 24 de marzo era un feriado por Semana Santa; y buena parte de los entrevistados que vivía cerca de la ESMA era incapaz de responder qué significaba esa sigla.
Por todo esto, si bien es imposible saber qué hará cada una de las escuelas hoy cuando haya que explicar por qué mañana es feriado y Día Nacional de la Memoria por la Verdad y la Justicia, sí es posible –como mínimo en las casas– devolverles a los chicos ciertas lecturas negadas. Sobre todo porque, a treinta y cuatro años del golpe militar, aún hay cuentos –y pesadillas– que no dejaron de arder.
jueves, 18 de marzo de 2010
UN CUENTO CORTO

Acababa de enterrar a mi padre. En realidad había traído sus cenizas que reposaban aún sobre el televisor, dado que debía reunirlas con las de mamá, en cumplimiento de tal macabro mandato.
Como hijo mayor me tocó desocupar la vieja casa de la familia y revolviendo entre los cajones encontré un cuaderno que al parecer me estaba dirigido. En sus tapas borrosas podía apenas adivinarse el dibujo del animal que me identifica. Al abrirlo invadió mi nariz un fuerte olor a humedad que mezclándose con el amor que brotaba de esas hojas me aturdió.
“Leoncito, este cuaderno es para vos, para que el día de mañana, si nosotros no estamos, puedas conocer tu historia...” me decía la joven caligrafía de mamá. Tuve que sentarme. A pesar de haberla perdido hacía ya cinco años, sentir nuevamente sus palabras resonando en mi cabeza, me sacudió. “Mamá y papá se conocieron ya de adultos, después de rodar cada uno por diferentes caminos. Pero ni bien nos descubrimos ya no nos separamos más. Nos casamos enseguida, con fiesta y sin luna de miel, luna y miel que haríamos para el primer aniversario. Y como dice la leyenda, hijo mío, vos viniste como polizón nada menos que de Paris. A los veinte días del regreso nos enteramos de tu presencia y toda la familia se revolucionó. Pronto supe que eras varón. Volvía una noche del estudio cuando me hablaste vaya a saber en qué extraño idioma, pero te hiciste sentir. La ecografía lo confirmó ya cerca del final del embarazo, pero yo nunca tuve dudas. Allí comenzó nuestro mágico idilio...”
Pese a que ya conocía la historia no pude contener las lágrimas. Comencé a hojear el ajado cuaderno que jamás nadie me había entregado. Sus cuarenta y ocho hojas estaban completas, y mamá había abrochado muchas más, finalizando abruptamente en mis dieciséis años. Tal vez habría otras en alguna parte, pero después de haber vaciado toda la casa no encontraría nada.
Fui leyendo salteado, debía retirar a mi hija del colegio y no disponía de mucho tiempo. Con enorme sorpresa encontré algunas líneas de papá, con su letra indescifrable y faltas de ortografía y puntuación. ¡Papá escribiéndome! Ese hombre vergonzoso y poco demostrativo que siempre fue había sin embargo derramado su amor en aquellas páginas. “Estoy con vos jugando ahora, te reís y saltás en el aparato que te prestó Agustín. Te veo y no puedo creer lo mucho que te amo, a mi que me cuesta demostrar las cosas, pero con vos es distinto. Estamos cantando canciones de fútbol, en especial de aliento a River y Belgrano, de los cuales somos hinchas. Me causó gracia cuando me hiciste puchero porque te canté “O sole mío”, me dieron ganas de comerte a besos. Papá te ama muchísimo y lo que más quiere es que seas feliz. Me encanta cuidarte, darte de comer, y hasta cambiarte los pañales. Vos y tu mamá son mi familia y los más importante de mi vida.” Ese fue un golpe aún mayor. Mi viejo atreviéndose a expresar todas esas cosas que jamás pudieron salir de su boca. Con mamá siempre fue diferente, ella me apabullaba con sus palabras de amor y sus gestos no menos afectuosos. Y por si fuera poco lo dejó por escrito, un testimonio de un cuarto de mi vida.
A través de esas hojas me enteré que estuvimos por irnos del país cuando apenas tenía dos años. ¿Qué los habría hecho cambiar de idea? Y hoy uno de mis hijos se fue a España. “Mi amor, hoy casualmente es el día de la madre, y la verdad, ser madre, tu madre, es lo mejor que me pasó en la vida. Hace tiempo que no te escribo, estamos preparando nuestra huída del país y por momentos se me escapa el ánimo para volcar en tu cuaderno tus progresos y mi amor. A veces dudo de hacer lo correcto, tanto papá como yo queremos lo mejor para vos. También quiero darte un hermanito, pero no quiero traerlo a este país injusto y por eso quiero sacarte de acá y que el día de mañana se respeten tus derechos. ¿Qué es eso, mamá? Te preguntarás ahora, lo único que importa es jugar y tener la mamadera llena. Bueno León, te dejo por ahora. Te ama, mamá.”
Ya cerca del final, en plena adolescencia y revolución hormonal, la letra de mamá se había avejentado, tanto como su ánimo. Ya no había palabras de amor sino de reproche. Al parecer fui bastante rebelde, rebeldía que heredé a mis hijos. Pobre vieja, si hasta me imploraba cariño. “Hijo, ¿por qué sos tan frío conmigo? ¿Tanto te cuesta darme un beso?”. El rostro triste de mamá se me aparecía y no quise seguir leyendo. De ella recibí la determinación, los valores y la pasión por la lectura. De papá la rapidez en los negocios y la inexpresividad. ¿Cuándo fue la última vez que dije algo cariñoso a mis hijos? ¿Y a mi esposa? El cuaderno de mamá era una señal. ¿Por qué nunca me lo había dado? ¿Tuvo vergüenza? ¿Por qué papá lo guardó tan celosamente al morir ella? ¿Habría algo similar para mi hermana? Todas esas preguntas quedarían sin respuesta.
Di por terminada la triste tarea de ese día, me adueñé del cuaderno y fui a buscar a mi hija, a quien recibí con un fuerte abrazo y un nervioso “te quiero mucho”. “Papá, ¿estás bien?”. Fue su sorprendida respuesta.
miércoles, 17 de marzo de 2010
UNA FRASE INTELIGENTE
lunes, 8 de marzo de 2010
LA REDENCION DE LOAN GREEN
AUTORA ARGENTINA CRUZA EL OCEANO
LA AUTORA
Nació hace poco más de 30 años en Buenos Aires, Argentina. Estudió Diseño Gráfico e Idiomas (Inglés e Italiano) Es una apasionada de la lectura, de la música y el cine.

PVP: 9,95€
Fecha de aparición: marzo 2010
Nº de páginas: 240
Diseño: Estelle Talavera Baudet
miércoles, 17 de febrero de 2010
MI PROXIMA NOVELA
El trayecto a tribunales lo hizo caminando, le gustaba disfrutar de la soledad de las calles a esa hora de la mañana, cuando los primeros rayos del sol otoñal iluminaban las veredas dormidas y las hojas de los árboles se teñían de ocre.
A medida que se iba acercando a la zona del palacio de justicia su mente se iba despoblando de la melancolía provocada por el paisaje y se iba transformando en la de la leona en que se convertía cuando tenía que enfrentarse a su contraparte. Más de una vez sus colegas la habían subestimado, debido a su juventud y su especto angelical. Sin embargo, cuando litigaba, Alma se transformaba.
Se cruzó con algunos abogados y empleados de estudio, algunos la saludaron, otros la ignoraron. Ingresó al edificio y se colocó en la cola del ascensor, que llegaba casi hasta la puerta. Repasó mentalmente las preguntas que le haría a su contrario, pese a que tenía tiempo dado que la audiencia estaba fijada para las diez y recién eran las siete treinta. De todas maneras, su estrategia ya estaba delineada y Alma repetía mentalmente las posibles respuestas que tendría que enfrentar.
Tomó el ascensor junto con otras siete personas, que se amontonaron una casi encima de la otra. La mezcla de perfumes la hizo arrugar la nariz y se concentró en los números que iban apareciendo en el visor de la cabina. Al llegar al quinto piso descendió y se encaminó hacia la mesa de entradas de uno de los juzgados civiles. La mayoría de los abogados tenían empleados que hacían por ellos la procuración de los expedientes, pero Alma prefería ver con sus propios ojos las actuaciones. Había intentado una vez con una secretaria y no había resultado. Ella era muy celosa de su trabajo y nunca quedaba conforme. De manera que no le importaba tener que esperar en las mesas de entrada hasta ser atendida.
Sacó de su maletín el listado de los expedientes a revisar, más por costumbre que por necesidad, dado que conocía al dedillo el estado de cada uno de sus juicios y hasta podía memorizar el número de cada causa si se lo proponía.
-Buenos días, doctora Greco. –La saludó una colega recién recibida.
-Buenos días. –Respondió Alma con una sonrisa.- ¿Cómo le fue el otro día con ese asunto? –Se refería a un caso de daños que la muchacha había comentado con ella.
-Muy bien, gracias a su aporte pude encontrar una solución justa para mi cliente.
-Me alegro mucho. –Opinó Alma.- Sabe que puede contar conmigo cuando necesite.
-Gracias, doctora.
Alma se concentró nuevamente en sus notas cuando una detonación se dejó oír en el edificio. Todas las personas que estaban en el piso detuvieron sus movimientos y quedaron paralizadas, tratando de descifrar de qué se trataba. De inmediato se descargó otra lluvia de explosiones. Todos se miraron, buscando la explicación en los ojos del otro.
-¡Es una bomba! –Gritó alguien.- ¡Hay que salir del edificio!
Las mujeres fueron las primeras en dirigirse hacia las escaleras, corriendo desesperadas, amontonándose en el angosto pasillo donde la misma comenzaba. Otras personas se arriesgaron y tomaron al ascensor, que no arrancaba dado que tenía más peso del permitido.
Alma quedó de pie donde estaba, viendo a su alrededor que todos corrían y que el piso comenzaba a vaciarse. Hasta los empleados de los juzgados salieron de sus puestos y se abalanzaron sobre las escaleras.
-¡Son bombas, son bombas! –Dijo otra voz.
La joven no sabía qué hacer, nunca le había gustado seguir a la manada. De pronto, recordó el presentimiento de la mañana: sus sueños la habían alertado. No podía recordad exactamente cuál había sido la pesadilla recurrente de la noche anterior, pero ahora entendía que tenía que ver con lo que estaba ocurriendo.
Alma se llevó una mano a la nuca y la despejó de sus cabellos. Un sudor frío le recorrió la espina dorsal y sintió su pecho agitado. ¿Qué hacer? Desde los pisos inferiores llegaban gritos desgarradores y pequeñas explosiones. “Esos son disparos.” Pensó Alma.
Había quedado sola en la planta, había visto salir a todos los empleados de los juzgados. Respiró hondo y caminó velozmente hacia la mesa de entradas. Deslizó su maletín por la ventanilla, porque si tenía que correr quería estar liviana. Después se colocó la cartera en bandolera y fue hacia la escalera.
Bajó despacio, intentando no hacer ruido, dado que no sabía que había en el piso inferior. Cuando asomó la cabeza, su cuerpo se paralizó y perdió el aliento: había varios cuerpos ensangrentados desparramados por el suelo. Conteniendo el grito se llevó las manos a la boca e intentó serenarse. Voces acaloradas que gritaban órdenes venían de un sector que no podía divisar desde donde estaba ubicada. Los ojos se le llenaron de lágrimas, entre los muertos estaba la joven abogada que había conversado con ella minutos antes.
Alma se apoyó contra la pared buscando recomponer su equilibrio. Trató de pensar fríamente. No podía bajar: sería un suicidio. Todos los que lo habían intentado yacían sin vida en el suelo. Se agachó y espió. Varios sujetos con los rostros cubiertos con pañuelos recorrían el piso inferior, portando armas de fuego.
-No está aquí. –Gritó uno.- Debe estar arriba.
El pecho de Alma se contrajo y su respiración se agitó de nuevo. Se levantó de repente y corrió escalera arriba apoyando únicamente las puntas de sus pies, para no hacer ruido. Se detuvo frente al ascensor, que en ese momento abrió sus puertas frente a ella. Su rostro se contrajo en una mueca de terror cuando divisó los cuerpos de varias personas, amontonados unos encima de los otros, inertes y cubiertos de sangre.
El grito de horror que ascendió a su garganta fue silenciado por una mano que le tapó la boca. Las piernas se le aflojaron y hubiera caído al suelo de no ser por los brazos fuertes que la sostuvieron y la condujeron hacia atrás, introduciéndola por un pasillo que comunicaba directamente con los despachos de los jueces.
lunes, 8 de febrero de 2010
¿EL FIN DE LA AVENTURA?
Con un móvil en la canasta, Caperucita alerta a la abuela a tiempo y la llegada del leñador no es necesaria..Con telefonito, el Coronel sí tiene quién le escriba algún mensaje, aunque fuese spam.Y Tom Sawyer no se pierde en el Mississippi, gracias al servicio de localización de personas de Telefónica.
Y el chanchito de la casa de madera le avisa a su hermano que el lobo está yendo para allí.Y Gepetto recibe una alerta de la escuela, avisando que Pinocho no llegó por la mañana.Un enorme porcentaje de las historias escritas (o cantadas, o representadas) en los veinte siglos que anteceden al actual, han tenido como principal fuente de conflicto la distancia, Ninguna historia de amor, por ejemplo, habría sido trágica o complicada, si los amantes esquivos hubieran tenido un teléfono en el bolsillo de la camisa. La historia romántica por excelencia (Romeo y Julieta, de Shakespeare) basa toda su tensión dramática final en una incomunicación fortuita: la amante finge un suicidio, el enamorado la cree muerta y se mata, y entonces ella, al despertar, se suicida de verdad. (Perdón por el espoiler).Si Julieta hubiese tenido teléfono móvil, le habría escrito un mensajito de texto a Romeo en el capítulo seis: M HGO LA MUERTA,PERO NO TOY MUERTA.NO T PRCUPES NIHGAS IDIOTCS. BSO.
domingo, 7 de febrero de 2010
EDUARDO BALESTENA, TRAYECTORIA

EDUARDO BALESTENA Y SU NUEVA NOVELA: AMORES DE LEJOS
La narración se encuentra articulada a partir de dos secuencias temporales alternadas: la del momento de inicio del viaje (noviembre de 2002) y el comienzo de la relación (octubre de 2001). Ambos planos temporales confluyen con la llegada de Ainoha. En el contexto de un país sacudido por una crisis social y económica, y de hechos de corrupción, el personaje explora una alternativa que permite la representación de un escenario opuesto y posible.
Es una novela lírica, que trabaja diferentes niveles de lenguaje y un elemento de intertextualidad, con un final que entraña un homenaje a la novela La modificación, de Michel Butor.
Se trata de un relato de itinerario, con un fuerte elemento erótico, sobre la incomunicación, que se presenta bajo la apariencia de la facilidad de comunicaciones en el mundo global, y afirmativo del espíritu de lucha.
Publicada por Corregidor.