lunes, 5 de noviembre de 2012

SAN PATRICIO


Estoy viejo, lo sé. Hace tiempo que lo siento así. No es exactamente un cotejo minucioso de dificultades físicas y/o mentales. No. Tampoco es la lisa y llana melancolía, o esa especie de letargo que se apodera de nosotros y nos hace evaluar como ventaja el quedarse tumbado en la cama, por sobre programas antaño apetecidos.
Estoy viejo. Y adonde primero se nota es en la tolerancia. Es como si comenzáramos a dejar de producir una hormona (en este caso sería la toleraìna) lo cual nos impide comprender, razonar, asimilar ciertas actitudes que, en circunstancias normales, no debieran afectarnos. Porque en realidad la intolerancia es más patente aún cuando lo que no toleramos ni siquiera roza nuestra propia vida. Por ejemplo si acaso nos produjera indignación y enojo el desastre en que se ha convertido la cara de Adriana Aguirre, o el tamaño descomunal que han alcanzado los pabellones auditivos del señor Vicepresidente de la Nación, es que estamos en presencia de aquel fenómeno que les contara más arriba.
Pero estoy viejo. Y como estoy viejo, me detengo por ejemplo en programas de televisión que hace unos años no hubiera ni siquiera sospechado que existían. Y miro poca televisión, es verdad, lo cual implica que –además- tengo mala suerte, en tanto me toca ver aquello que no tolero. Será todo el día así? Seré el único que piensa lo que piensa mientras asiste a las declaraciones de tal o cual “famoso”, entendida la fama como acumulación de escándalos, etc? Estoy viejo. Y no debiera preocuparme porque sé que es inexorable. Lo único que sabemos cuando nacemos es que vamos a envejecer –y finalmente espichar- y es para lo que menos estamos preparados. Salvo Benjamin Button y Nacha Guevara, pero ese es otro gritar. Y basta de introito.
Pregunto: Por qué San Patricio? Por qué aquí? Por qué así? Por qué tanta difusión? Por qué tanto revuelo?
Estoy viejo. Y entonces, cuando ya me entregué a convivir con los festejos de Halloween o San Valentín, me traen ooooooooootra fiesta absolutamente ajena, tan ajena como esa asombrosa y pujante tierra de Irlanda de donde proviene.
Y aquí voy a detenerme un instante para decir que apelaré a un sentimiento de argentinidad y de latinoamericanismo que sé que fácilmente puede confundirse con chauvinismo, cuando no con ese tufo nazionalista que enarbolan constantemente los tradicionalistas y capangas de lo patriótico. Hago la aclaración que prefiero a Peter Gabriel por sobre Sergio Denis, a U2 sobre Los Piojos, a Manhattan Transfer por sobre Los Tucu Tucu, y siguen las firmas, con lo cual quiero expresar que la pertenencia territorial no es para mí un sinónimo de calidad, ni nada que se le parezca. Es decir, la calidad y la sensibilidad no son artículos regionales. Para eso están el salame casero, los ponchos y el dulce de leche.
Pero -y aquí se viene el centro de la cosa-, creo que las tradiciones y festividades populares argentinas sí debieran exponerse en primer plano, desde la escuela primaria y si es posible antes. El tantanakuy, el carnaval coya, nos pertenecen, aunque no lo sospechemos siquiera. Pero no son fiestas glamorosas. Eso es verdad. Las practican pueblos en derrota perpetua, feos de toda fealdad, morochos de mirada desafiante ejecutando músicas mínimas y “tristes”, niños descalzos y mujeres que pareciera que han nacido embarazadas. Y mientras tanto, estamos condenados a observar fiestas que no entendemos por qué se realizan, ni en memoria de quién, ni de dónde vienen ni adónde van. Tienen, eso sì, un gustito comercial y jaranero –en ese orden- que explica tamaño alboroto tilingo. Porque es un festejo tilingo, entendido el asunto como jornada de alegría obligatoria, descontrol políticamente correcto y derecho de admisión. No hay morochitos de ingesta dudosa, ni casacas de equipos de primera “C”. La policía, entretanto, vigila las propiedades aledañas, no vaya a ser cosa. Es  en realidad una peña ramal Pilar.
Me imagino a un indio araucano parado en el centro de Dublín cantando una copla y bebiendo chicha o algún copetín de similar contundencia y efecto, y trato de representarme la cara de los dublinenses o dublineños (cómo se dirá?). Y pienso más, y ahí está la diferencia: creo que algunos de esos observadores bajará libros, investigará en los misterios de Internet, preguntará por qué esa ropa, por qué esa bebida, por qué esas facciones. Cómo, de dónde, etc. Y es ahí donde la artesanía u observación de lo silvestre se vuelve ritual en cada uno; en el protagonista y en el espectador.
“Los ritos son necesarios”, reza esa monumental obra literaria que es El Principito. Pobre San Patricio, si se enterase de que por estas pampas su legado es evocado con total desprecio por lo ritual y con estruendoso apego por la locura “for export” que pregonan estos impresentables yuppies vernáculos –suerte de menemismo tardío- que aspiran a pertenecer a algo, no importa qué, cómo ni porqué. Sólo mascullan “to bien bolòooo”. Y eso pareciera que –en estos tiempos- se convierte en algo así como pertenecer. 
MARCELO SANJURJO


No hay comentarios:

Publicar un comentario en la entrada

¿QUE OPINAS? ¡QUIERO SABERLO!