jueves, 21 de marzo de 2013

INSTINTO ANIMAL


 Al caer la noche todo se agudizaba, sus sentidos, sus instintos y sus dolores.  El aullido del perro, a lo lejos, le hacía pensar en su propio aullido reprimido. La luna quedaba lejos como para tirarle dardos y las estrellas titilaban con sus luces caprichosas, como diciendo “aquí estamos, inalcanzables”. Como el sueño, como los sueños que día a día y gota a gota había dibujado en el mapa de su raíz. Tallándolo en años de distancias y recuerdos, negándose glorias y olvidos, volvía una y otra vez al páramo aquel donde dejó la juventud y la risa. Donde quedó anclado en el recuerdo del primer dolor, del primer abuso que no supo o no pudo detener. Ojos por doquier, ojos llorando, ojos sangrantes, cruzados por dagas filosas volvían una y otra vez a su pluma, su mano se deslizaba sin control ni gobierno, dibujando vertiginosamente entre danzas de fuego y hiel. Y volvía al refugio del alcohol para acallar su voz interior, el lobo que amenazaba con salir de sí mismo, arrasar con todo, desde el hueso hasta la piel, desgarrando carne y músculo, arrancándosela de sí. 

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