lunes, 21 de febrero de 2011

PARA ALMA


Vivía de ilusión en ilusión, creyendo siempre, que sería la última. Mas el espejismo duraba poco y se desvanecía con el aliento del último beso.
Sólo un hombre ocupaba su alma, no así su cuerpo que ella ofrecía a quien lo reclamara, tal vez para castigarlo a él por no amarla.
Día a día aguardaba la señal, el mensaje, la llamada, ésa que la sacaría de la abulia del no sentir, porque se había endurecido tanto que temía no volver a dejar que su piel se estremeciera, que su boca temblara por la proximidad de otra boca, que sus ojos se iluminaran como antaño, como cuando él se acercaba con su sonrisa un poco torcida, tocándose los cabellos que siempre decía estaban o demasiado largos o despeinados.
No recordaba cuál había sido la última ropa que se había puesto para él, pero sí sabía cómo había sido el último abrazo, ese que le quedó grabado en el alma, porque ella sabía que era el último, no así él, que cómodamente aceptaba besos y caricias, creyendo que el amor de ella alcanzaría para los dos, que sería suficiente dejarse arrastrar por su cariño incondicional, por su risa loca y fresca que resplandecía alumbrando a sus ojos oscuros con un inconfundible deseo contenido, porque a veces parecía una niña ansiando un chocolate.
Él disfrutaba de ella y con ella, viéndola reír y correr por la orilla, levantando el vuelo del centenar de gaviotas que se reunían al atardecer para picotear lo que había quedado sobre la arena.
El viento la despeinaba y sonrojaba sus mejillas, ésas mismas que él recorría cada noche con sus dedos torpes y ásperos, esos mismos que ella amaba por su rudeza. No me gustan las manos delicadas, le dijo una vez, y él creyó que era para conformarlo. Sin embargo, ella veneraba esas manos que además de acariciarla la contenían y abrigaban de las tormentas de su alma, que amenazaban con ahogarla.
Más todo había quedado en un recuerdo, al principio dulce, con sabor a nostalgia, que con el paso del tiempo, al ver que él no volvería, se transformó en un rencor amargo, y ella comenzó a castigarlo por su desamor.
Y siguió equivocándose.

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