miércoles, 8 de agosto de 2012

GENTILEZA DE GASTON INTELISANO: PRIMER CAPITULO DE SU NOVELA "MODUS OPERANDI"


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    Como lo dice la Teoría del Caos, la cual enuncia, que hasta el aleteo de una mariposa puede generar un maremoto al otro lado del mundo, yo estaba por descubrir que todos los hechos en la vida están conectados. Y que el pasado nos persigue por siempre.
   Esa noche pasaban las tres de la madrugada y continuaba aún sin dormirme.
Casi agradecía que el Inspector Battaglia me hubiese llamado a esas horas, sacándome de la inquietud del insomnio. Pero su llamado a altas horas de la noche, como en otras oportunidades, no era una buena señal. Más bien era la señal de que algo malo había pasado.
   Ni bien terminé de anotar la ubicación de mi próximo destino, me puse uno de mis clásicos pantalones oscuros, una camisa clara con algunas arrugas, que esperaba nadie notara, mis zapatos que reservo para escenas del crimen que son a la intemperie y me dirigí al baño para intentar borrar el insomnio que llevaba grabado en el rostro. Tarea que era muy difícil de lograr con tan poco tiempo. Para una mujer hubiese sido fácil, ya que cuentan con maquillajes, cremas y demás sorpresas que ayudan a ocultar las situaciones o disimular  la inexistencia de belleza propia.
   Mi calle se encontraba silenciosa, en las ventanas de mis vecinos no había luces, lo único que rompía con esa impagable tranquilidad era el zumbido del motor de mi auto que con sus faros delanteros cortaba a la oscuridad de esa noche como un cuchillo afilado.
   Tras hacer varios kilómetros desde mi casa, llegué a la Avenida Martínez de Hoz, que bordea la costa de Punta Mogotes. Casi no había tráfico por esa vía y después de pasar por el Faro, cuando tome la ruta 11, alcancé a divisar a los patrulleros, y sus luces destellantes.
   Al estacionar al lado de uno de ellos pude ver delante de mí la clásica cinta amarilla, que en algunos casos era blanca y con letras rojas, que advertía que se estaba frente a la escena de un crimen y que no se permitía el paso.
    Pude observar que ya estaba en el lugar la Doctora Andrea DeMarco, la Médico Legista, que me saludó con la mano, invitándome a que me acercara.
   La Dra. De Marco fue la primera persona con la que entablé una amistad al llegar a la Departamental de la Ciudad de Mar del Plata. Apenas conocí a esta mujer de cabellos rubios y ojos tan celestes como el Océano Pacífico, supe que nos llevaríamos bien.  Aunque me superaba ampliamente en edad, ella bordeando los cincuenta, y yo adentrándome en los treinta, la química entre nosotros fue inmediata. Su amistad me ayudó mucho en mis primeros tiempos de adaptación. El hecho de ser de Capital Federal, había generado entre mis nuevos compañeros un grado de hostilidad del cual en ese momento no tenía idea, pero que era visible en sus rostros y actitudes hacia mí.




   Supongo que era porque,  sumado a lo que ellos llamaban “el porteño”, yo era quien había ingresado a la DMDP, como Jefe de la División Rastros. Yo venía a reemplazar al anterior jefe de unidad, que era un tipo muy querido y que había tenido que jubilarse por verse aquejado por la enfermedad de Parkinson, un padecimiento neurológico degenerativo en el que una parte del cerebro deja de producir suficiente dopamina, la sustancia que hace posibles las funciones motoras normales.
   De Marco me trajo de nuevo al presente con un comentario burlón sobre mi atuendo y de cómo llevaba la almohada pegada al rostro.     Me comentó que había llegado hacía casi una hora y que debido a la locación, sería muy difícil encontrar algún rastro. Me llevó hasta el lugar donde se encontraba el cuerpo.
    Se encontraba apenas a unos veinte metros de la ruta, adentrándose en el bosque que desemboca en la playa, en medio de dos balnearios. Se trataba de una mujer de mediana edad, blanca y de largos cabellos negros. Estaba acostada sobre su brazo izquierdo, en donde apoyaba su cabeza.
    No tenía puesto calzado de ningún tipo, lo que me llamó la atención.  Su espalda estaba al descubierto, ya que su remera estaba rota, y sus pantalones algo sucios por algo que parecía grasa o aceite. Había sido hallada por unos chicos que volvían de una borrachera que terminó antes, y que se habían detenido a orinar, debido a que la zona no estaba cercada, como en los balnearios aledaños.
  De Marco comenzó con su examen preliminar del cadáver, el cual fue fotografiado previamente, en tomas generales y de detalle, las que servirían luego para ubicar fehacientemente donde se había encontrado el cuerpo, así como las lesiones que éste presentaba.
A medida que ella iba desnudando el cuerpo de la víctima, yo iba colocando sus ropas en bolsas de papel madera identificadas con fecha, hora y número de caso, que serían enviadas al laboratorio, en busca de posibles rastros del cómo, donde, cuando y lo más importante, quien había cometido ese crimen. Después de que finalizó el examen exterior, así como las tomas fotográficas de las heridas, que por cierto eran numerosas y de gran variedad, los encargados de la morgue se llevaron el cuerpo de la mujer que por ahora no tenía nombre, o que al menos aún desconocíamos.




    El lugar era incómodo para trabajar. Debido a la espesa vegetación y a las voluminosas ramas de los árboles, se me hacía bastante difícil la búsqueda.  DeMarco tenía razón.
    Sería muy difícil hallar algo útil como evidencia. El lugar era muy ventilado, por estar tan cerca de la playa, y que la noche hubiese sido algo ventosa, no ayudaba. Me puse los guantes de látex y comencé a alumbrar la zona en la que se encontraba el cadáver.
    Había mechones de cabello de varios colores, los que recolecté y envasé en distintos sobres , pedazos de tela rasgada, un botón que no sabía si correspondía a la víctima o si ya estaba ahí, pero que de todas maneras recolecté. Lo último que tomé del lugar fue un paquete de cigarrillos, de marca “Richmond”, en cuyo celofán exterior pude divisar a simple vista, valiéndome de la linterna, la presencia de varias huellas latentes, que aunque eran parciales, podrían servir para AFIS.
AFIS es, según sus iniciales en inglés, el Sistema Automático de Identificación de Huellas Dactilares. Éste programa de computadora compara las huellas dactilares sospechosas, con las depositadas en una base de datos que la Policía y las demás fuerzas del orden van actualizando periódicamente.
Una vez que tomé una muestra de la tierra de los alrededores, y de la zona debajo del cuerpo, dí por terminada mi tarea de campo, ahora debía volver al laboratorio. Invité a  DeMarco a llevarla hasta la Morgue, y aceptó, ya que no había venido en su coche particular, sino que la habían traído en un coche patrulla.
    Después de dejar a la Doctora en la Morgue, y siguiendo su consejo de siempre de que me cuidara, me dirigí a casa, quería pasar a desayunar y dejar todo en orden, antes de volver a lo que adivine sería una larga jornada de trabajo.

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